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Nuestro hombre en Transilvania
Clásica, noviembre de 2001

Bela Lugosi es el principal practicante de la historia del cine del colapso nervioso con carácter eterno. La geografía de su rostro puede variar algo, pero el paisaje espiritual se altera poco o nada. A partir de él, la actuación que aspira a inspirar terror comenzó a declinar. Cualquier actor que se afana en inspirar terror en el espectador tiene, más que nadie, más que ningún otro, el aura del asalariado, del que hace lo que puede, inútilmente. Todos son comediantes. Todos los personajes encarnados por Bela son enfermos emocionales, víctimas terminales de su propia violencia. En su propio nombre está anclado el miedo. Aun aquellos que jamás lo hayan visto en escena podrán presagiar que lo que les espera no es nada bueno con sólo oír su nombre: Bela Lugosi, Bela Lugosi. Los precedentes no importan. Tampoco las ocasionales e inadvertidas parodias que Bela hace de sí mismo: "No bebo... vino", dice Drácula en la versión de Tod Browning que tuvimos ocasión de ver (y oír) en el Teatro Colón, en el marco del III Festival Internacional de Buenos Aires.
Bela Lugosi. El Colón es el lugar apropiado para volver a ver el verdadero rostro de Drácula. Creo que nadie se ha tomado el trabajo todavía de averiguar qué hilo sutil une los destinos de Bela Lugosi, Carlos Gardel y Perón. Es evidente que este último hizo mucho más que limitarse a "ver" el film de Browning. Yo apostaría a que vio este film muchas, muchas veces, hasta conseguir imitar ciertas miradas: "Browning y Perón, un solo corazón". El parecido con Gardel en cambio más bien se intuye: Lugosi, en el film de Browning, nunca ríe. A lo sumo esboza demasiado tenuemente una sonrisa. Pero a partir de eso no es difícil imaginar cómo continuaría esa sonrisa, y el resultado, el ápice, la summa, está en el rostro de Gardel.
La historia del conde Drácula se presta, más que cualquier otra (incluso más que la de Cristo: dicen que quienes asumen ese papel llegan a creer que son no una versión de Jesús sino el Nazareno encarnado). Drácula es más divino, más humano. Su lascivia es demasiado peronista, nunca exagera al punto de parecer monstruoso. De hecho, muchos de nosotros debimos haber deseado, o deseamos todavía, con un método actoral menos verosímil que el suyo. Justo, medido, Bela, a diferencia de sus predecesores y seguidores, es un modelo a seguir.
Verlo en la pantalla instalada ad hoc en el Colón resultó ser una experiencia igualmente monstruosa. Tantos años y ni la fastuosidad del gran teatro consiguió exorcizar plenamente la figura del monstruo porteño. El Drácula de Bela Lugosi es exactamente lo que quisiéramos que sea. Enérgico y bien hablado. Elegante y meticuloso. Bien peinado. Cuando besa la mano de una dama evalúa la presencia y el volumen de los senos. En un segundo su mirada se instala en los ojos de la dama, luego se evaden un momento, se pierden, apuntan a su mano. Y entonces, cuando el blanco está fijado y mientras la boca se aproxima para estampar en ella un beso suave, los ojos vuelven a las andadas. Se fijan en el cuello (¡un cuello en el que irán a pasar tantas cosas!) y bajan, bajan, bajan. Y sueltan a su presa en el mismo instante en que el beso se separa, dejando su huella grasosa, su marca invisible. Decimos: “Debe saber bailar. Es nuestro hombre en Transilvania”. Browning hace entrar por la puerta grande a la gran estrella de todos los tiempos: el humor. Cuando el vampiro aletea delante de la ventana de su víctima, larga, interminablemente, uno ve al encanto salir volando por la otra puerta. Ese aleteo pausado, perezoso, desenmascara el artilugio: sé de los vampiros, parece decirnos Browning, pero no puedo decir lo mismo del deseo. En cualquier caso, manifestemos las dudas mostrando una y otra vez lo único que sabemos: los vampiros vuelan así, podemos verlos. Es todo lo que sabemos. Lo demás es arte, ¿o no? Y lo más sorprendente es que viendo a ese vampiro aleteando ante la ventana no podría ser otro que Bela. Sorprendente.
A todo eso Philip Glass le ha puesto música como un albañil asalariado pone azulejos. Uno después de otro, hasta llenar toda la pared, hasta que no quede ni un resquicio libre. ¿Acaso no le pagan para poner azulejos? Bien, ahí los tienen. Una maciza pared, un templo musical levantado a la sombra de la catedral gótica del Drácula de Browning. Sencillamente, no hacía falta. Es un error apostar a un juego que de entrada se sabe perdido. O tal vez no. También los artistas (y a veces los mejores) son toscos, primitivos. Azulejan un cuarto blanco y silencioso. Porque le pagan.
Por suerte allí estaba Bela, sobrevolando nuestras cabezas. Esa noche lo vimos acercarse interminablemente frente a nuestras ventanas. De Philip Glass no habíamos olvidado apenas llegamos a la calle. Sonaba mejor la música de Libertad y Viamonte.